Universitá alla bolognese

A estas alturas del partido todos saben que la universidad española está afrontando un cambio que se califica, con esa ligereza del moderno lenguaje, de histórico y trascendental. Un cambio que tiene que ver con “Bolonia” o el “proceso de Bolonia”. Los que estamos viviendo y protagonizando este cambio desde dentro de la universidad lo vivimos, e incluso lo percibimos, de forma muy diversa. Las actitudes de cada uno se sitúan en algún punto comprendido entre tres vértices de un triángulo, que podemos describir como el “conservador”, el “converso” y el “predicador”. El “conservador”, generalmente de cierta edad, afirma que a estas alturas de su vida no le merece la pena reciclarse y piensa seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, mejor o peor, puesto que hasta ahora ha funcionado (bien o mal). El “converso”, generalmente un profesor de las generaciones jóvenes, aplica entusiásticamente los nuevos métodos y fórmulas que supuestamente caracterizan a la enseñanza europea, y se deja el pellejo organizando tutorías, diseñando actividades en el aula virtual, corrigiendo trabajos… En suma, dedicando un número ingente de horas que no le son reconocidas académicamente, ya que la dedicación de los profesores a estas alturas europeas se sigue contabilizando exclusivamente por sus horas de clase presencial. El “predicador”, generalmente dedicado a la gestión universitaria (en cristiano, ocupando un cargo), repite incansable las bondades de Bolonia, el Espacio Europeo de Enseñanza Superior, los sistemas de garantía de calidad, las demandas de la sociedad, la enseñanza centrada en el alumno, la excelencia europea y demás frases hechas que parecen atribuir, al que las inserta adecuadamente en su discurso, un papel protagonista en este proceso de cambio histórico y trascendental.

Mi actitud ante la salsa boloñesa que intenta dar un nuevo sabor a la pasta universitaria es, por supuesto, “cínica”. Vaya por delante que me parece correcto crear un espacio europeo de enseñanza, que facilite el reconocimiento de estudios y títulos entre universidades y favorezca que nuestros estudiantes vayan y vengan sin que esto les suponga problemas académicos. El problema es que esto parece ser secundario. Si creen que no, pregunten a nuestros Erasmus por las convalidaciones que les hacen a su regreso. En lugar de este espacio abierto de intercambio de conocimientos, camuflado bajo la bandera europea, se nos ha impuesto el modelo universitario anglosajón, basado en estudios más cortos y especializados. En principio esto tampoco es algo objetable, siempre que se haga bien (con medios, inversiones e ideas claras) y se hable claramente.

Existen dos formas de contemplar la universidad. Una, la tradicional, considera la universidad como un centro de generación y transmisión de conocimiento, al servicio de la sociedad (que es quien paga) y de su progreso. Otra, la economicista, considera al conocimiento como una mercancía, un producto con un determinado valor de mercado, y a la universidad, pública o privada, como la entidad expendedora de este producto. Nuestras antiguas licenciaturas eran una mercancía anticuada, difícil de comercializar por su coste y su duración. Las enseñanzas cortas y especializadas, los másters en concreto, tienen mucho más atractivo para la clientela potencial, esto es, para los estudiantes. Una clientela que, dicho sea de paso, si no tiene obstáculos para su movilidad, puede elegir el producto que más le convenga, fomentando de esta manera la competencia libre  entre universidades. Oferta, demanda y competencia son el trasfondo de la cuestión boloñesa, la introducción de valores y criterios mercantiles en la enseñanza superior.

A esto se le suma un fenómeno más genuinamente hispánico. Propalar que Bolonia exige (?) una renovación pedagógica de la enseñanza universitaria. Es cierto, muchos de nosotros hemos considerado que había que acabar con una forma de enseñar que hacía al alumno un mero receptor pasivo de información, de datos memorizados, regurgitados en un examen y olvidados a continuación. Muchos estábamos en la búsqueda de fórmulas para romper con esta dinámica y sinceramente creo que se estaba avanzando en ello. Y he aquí que bajo la bandera de Bolonia, un ejército de “expertos” han impuesto una serie de consignas pedagógicas, como si existiera un “Método Pedagógico Único” aplicable a todos los casos, primeros cursos y cursos avanzados, ciencias, tecnología y humanidades, clases con cien alumnos y clases con diez. Y estos corsés metodológicos, expresados en una jerga bárbara (ver nota al pie), centrados más en las formas que en los contenidos, más en los medios que en los fines, más en los procesos que en los resultados, no han sido capaces de evitar que en la universidad con salsa boloñesa, en el Espacio Europeo de Educación Superior, sigan existiendo profesores que dictan sus apuntes. Siguen existiendo toneladas de apuntes en las reprografías, para su adquisición y memorización. Siguen existiendo profesores que mandan docenas de trabajos a los alumnos (y probablemente no corrigen ninguno). Siguen existiendo profesores que aburren a las ovejas, aunque eso sí, sus programaciones docentes se ajusten irreprochablemente al modelo Bolonia.

Necesitamos menos predicadores, menos grandilocuencia y menos burocracia. No necesitamos controles de las puras formas, la apariencia externa, el ajuste al modelo, los papeles correctamente cumplimentados. Sí necesitamos formas de control del resultado final de nuestra enseñanza, de la medida en la que nuestros alumnos aprenden (y el grado en que disfrutan haciéndolo). Y al que lo haga mal que lo castiguen a copiar cien veces la declaración de Bolonia.

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NOTA sobre la jerga seudopedagógica: Se pueden poner muchos ejemplos, pero baste este botón, copiado de unos “principios para elaboración de guías docentes” publicados por una universidad española. Insisto, este documento trata de orientar a los profesores, de iluminar su ignorancia. Si lo entienden, por favor, explíquenmelo:

“Situar como un referente básico el cálculo sobre el trabajo que un/a estudiante habrá de realizar sobre una asignatura o módulo para disponer de las mayores garantías de superarlo con éxito significa, por una parte el introducir la filosofía de plantear el aprendizaje como elemento sustantivo del diseño de la enseñanza y, por otra, se trata de uno de los elementos que necesariamente habrán de derivar del intercambio y trabajo en equipo del profesorado de un mismo curso.

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Si quieren saber más sobre el tema:

Artículo del autor sobre el proceso de Bolonia

Articulo de Chris Lorenz. Excelente análisis del proceso de Bolonia realizado por un profesor de la Universidad de Amsterdam.

Excelente artículo de José Luis Pardos en El País

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Acerca de desdemitonel

Biólogo, profesor en la Universidad de Málaga
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3 respuestas a Universitá alla bolognese

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