Bertrand Russell. Razones para no creer

Este blog no ignorará acontecimiento tan multitudinario como la JMJ y la presencia del papa en nuestro país. Sin embargo, nada diremos aquí para criticar a las personas que de buena fe y de manera coherente con sus pensamientos quieran darse un baño de autoafirmación reuniéndose con otras personas de ideas afines. Esto es más o menos lo mismo que harán muchos de los que se manifiesten en contra de la visita del papa. Nada que objetar, sólo el asombro ante esta apremiante necesidad humana de realizar una representación pública de sus ideas. Es el signo de los tiempos, exceso de teatralidad y falta de razones.

Por ello aprovecharé estas jornadas de fervor religioso/antirreligioso para traer a nuestra galería de cínicos a un gigante del pensamiento del siglo XX, Bertrand Russell (1872-1970). Y lo hago porque en lugar de buscar colegas para manifestarse en contra de la religión, tuvo el coraje, en años mucho menos tolerantes que los corrientes, de reflexionar sobre el tema y escribir un librito titulado Por qué no soy cristiano. La lectura de este libro es mucho más recomendable y enriquecedora, a mi juicio, que cualquier movida callejera, tanto si se es creyente como si no. Los primeros podrán poner a prueba sus creencias y los segundos encontrarán argumentos para fundamentar su falta de las mismas en algo más que en impulsos viscerales.

La vida de Bertrand Russell es tan fascinante y desmesurada como su obra. Como él escribió: “Tres pasiones, simples pero tremendamente poderosas, han gobernado mi vida: el anhelo del amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad”.

No voy a extenderme en la obra filosófica de Russell, especialmente brillante en los ámbitos de las relaciones entre la Lógica y las Matemáticas, y en la Filosofía Analítica, de la que se considera fundador, junto con Gottlob Frege. Sus Principia Mathematica (1910-1913), escritos conjuntamente con otro gran filósofo, Alfred North Whitehead, se consideran una de las cumbres del pensamiento humano. Pero lo que nos interesa hoy es su labor como activista y crítico implacable de las convenciones sociales. Algo especialmente sorprendente en quien no sólo nació en el seno de una familia muy acomodada, sino que además recibió el título de tercer conde de Russell a la muerte de su hermano. Russell fue heredero de la riquísima tradición liberal británica de la segunda mitad del XIX. De hecho era ahijado de John Stuart Mill, el autor de la extraordinaria Sobre la libertad. Durante la Primera Guerra Mundial fue encarcelado durante seis meses por su postura pacifista y por instruir a jóvenes sobre cómo evitar el servicio militar. Sin embargo en la Segunda Guerra Mundial aceptó como mal menor la necesidad de luchar contra Hitler. Se declaró a favor de la contracepción, los derechos de las mujeres, la aceptación de la homosexualidad (¡prohibida por ley en Inglaterra en aquellos años!) y la sexualidad extramatrimonial. Son temas hoy día superados, pero que constituyeron auténticos escándalos en el primer tercio del siglo XX. De hecho su contratación como profesor del City College de Nueva Yok en 1940 tuvo que ser revocada entre protestas públicas y acusaciones de inmoralidad. En 1950 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Publicó con Albert Einstein en 1955 el manifiesto Russell-Einstein contra la proliferación de armas nucleares. Medió entre EE.UU. y la URSS durante la crisis de los misiles de Cuba. Dos años antes (¡a los 89 años!) había sido encarcelado una semana en Londres por incitar a la desobediencia civil durante unas protestas ante el Ministerio de Defensa británico. A partir de 1963 comenzó su campaña contra la guerra del Vietnam, y en 1966 organizó, junto con Jean Paul Sartre el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra o Tribunal Russell.

En Por qué no soy cristiano, utilizando un lenguaje claro y directo, Russell analiza la religión (no sólo la cristiana) desde un punto de vista racional, desmontando y desactivando los argumentos que presuntamente apoyarían la existencia de un ser sobrenatural. Hace una afilada crítica de la moral cristiana tal como se deriva de las Escrituras (Russell las ha estudiado detenidamente, a diferencia de muchos cristianos), de las razones que se esgrimen para creer y de las actitudes de los cristianos en la práctica. Analiza la influencia que las religiones han tenido en la historia de las civilizaciones y continúa exponiendo sus propias creencias, su concepción del ser humano y la Naturaleza, su apuesta por un sistema ético que no esté basado en los preceptos de ninguna divinidad.

Termino con unas palabras del propio Russell, que cierran el prólogo al libro. Creo que no hace falta añadir nada más:

“Se nos dice a veces que sólo el fanatismo puede hacer eficaz un grupo social. Creo que esto es totalmente contrarío a las lecciones de la historia. Pero, en cualquier caso, sólo los que adoran servilmente el éxito pueden pensar que la eficacia es admirable sin tener en cuenta lo que se hace. Por mi parte, creo que es mejor hacer un bien chico que un mal grande. El mundo que querría ver sería un mundo libre de la virulencia de las hostilidades de grupo y capaz de realizar la felicidad para todos mediante la cooperación, en lugar de mediante la lucha. Querría ver un mundo en el cual la educación tienda a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y éstos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos.”

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Acerca de desdemitonel

Biólogo, profesor en la Universidad de Málaga
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