Homeopatía. Vendiendo ilusiones.

Los productos homeopáticos vivían en España en un limbo legal, regulados por disposiciones  transitorias de los Reales Decretos 2208/1994 y 1345/2007. El gobierno actual ha publicado un borrador de Orden Ministerial (OM) cuyo objetivo es poner fin a esta situación provisional y regular la comercialización de estos productos, calificados por la OM como “medicamentos homeopáticos”.

Pues no. Los productos homeopáticos no deben ser considerados como medicamentos. El Gobierno tiene el poder y el Boletín Oficial para hacerlo. Los demás podemos tener motivos para opinar en contra. Esos son sus poderes y estas son mis razones.

La homeopatía se define como “sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”. La propia definición ya es sospechosa, porque pretende que 1) lo mismo que enferma cura, si está en pequeñas cantidades, 2) confunde enfermedad con síntomas y asume que lo que hay que combatir son los síntomas, no la enfermedad. Y esta forma de pensar podría ser válida hace doscientos años, porque fue a finales del siglo XVIII cuando a un médico alemán llamado Samuel Hahnemann (1755–1843) dijo aquello de similia similibus curantur (‘lo similar se cura con lo similar’). Una idea que en aquella época no era más ni menos disparatada que la del “desequilibrio humoral”, la “debilidad del espíritu vital”, o “los miasmas pestíferos”. Una idea surgida de la misma medicina que trataba las infecciones con sangrías y el cáncer con cataplasmas. Pero (¡noticia!) los tiempos han cambiado. Gracias a Louis Pasteur y a Robert Koch sabemos que las enfermedades infecciosas las causan virus y bacterias y que el cáncer se produce por un descontrol genético de las células. Gracias a este conocimiento podemos tratar muchas enfermedades con antibióticos o quimioterapia, con mayor o menor éxito, pero sabiendo siempre qué es lo que estamos haciendo. Para que un medicamento llegue a la farmacia tiene que pasar por un largo, complejo y caro procedimiento de ensayos clínicos. Tiene que demostrar que es seguro y no tiene efectos secundarios. Tiene que demostrar eficacia, y eso quiere decir que administrado a un grupo de pacientes produzca un efecto beneficioso con respecto a otro grupo en el que se ha administrado un placebo, es decir, una sustancia sin efectos terapéuticos. Este ensayo debe ser ciego (los pacientes no saben lo que están tomando) o doble-ciego (ni el médico que administra ni el paciente sabe lo que está siendo administrado). Esto es necesario para distinguir el efecto terapéutico de un medicamento del “efecto placebo”, la sensación subjetiva de mejoría que puede producir una sustancia en cuyo poder curativo se confía.

Un medicamento tiene que pasar por todos estos filtros antes de poder ser usado como medicamento. Un producto homeopático no. ¿Por qué? Porque toda la homeopatía está basada precisamente en el “efecto placebo”. Un producto homeopático, en muchos casos no tendrá ningún efecto (porque no contiene ninguna sustancia activa contra la enfermedad o lo contiene en cantidades insignificantes) y en otros provocará mejoría en determinados síntomas a causa de la fe que tiene el paciente en el producto que toma. Es decir, la homeopatía sin duda “funciona” en algunos casos, si entendemos por “funcionar” que el paciente se sienta mejor, disminuya su ansiedad o su percepción de las molestias. A todo ello contribuye que la homeopatía sea escenificada por un médico o un naturópata que habla y escucha al paciente, que muestra empatía por sus dolencias y se interesa por sus problemas personales. ¡Cuántas personas se sienten aliviada sólo porque alguien las escuche! El homeópata sin duda ayuda a esa gente. Pero no les cura. No hay enfermedad que pueda ser curada por medio de la homeopatía. No hay mecanismo celular, genético, molecular o infeccioso, que sea activado, modulado o alterado por las sustancias activas presentes en un preparado homeopático. Porque en muchos casos no existen tales sustancias activas (ver nota al pie).

Por eso la OM que se prepara cae en contradicciones patéticas. Son inevitables cuando se juega con conceptos que están más allá de lo racional. Por ejemplo, cuando afirma “Un medicamento homeopático podrá contener varios principios activos”. Si los contuviera en cantidades significativas, ¡dejaría de ser estrictamente homeopático! Inasequible al desaliento, la Orden exige: “La declaración completa y detallada de los componentes activos de los medicamentos”. Para colmo distingue entre “medicamentos homeopáticos con o sin reivindicación terapéutica”. Hablar de un medicamento sin indicación terapéutica es una contradictio in terminis, como hablar de alimentos sin propiedades alimenticias. A los que sí reivindican propiedades terapéuticas se les exigirá, en teoría, lo mismo que a otros medicamentos, demostración de calidad, seguridad y eficacia. Y digo en teoría porque no tiene sentido exigir eficacia a las formulaciones homeopáticas en igualdad respecto a otros medicamentos. En primer lugar, porque cuando han sido sometidos a ensayos clínicos rigurosos, el resultado ha sido siempre un fracaso. La homeopatía depende fundamentalmente de la confianza del paciente en el producto que toma. En un ensayo a doble ciego, el paciente no sabe si toma el producto homeopático o un placebo, con lo que o bien no confía en lo que toma o confía en el placebo exactamente igual que en el producto a ensayar. Pero lo que es más grave… ¡No hay diferencia entre el medicamento y el placebo! ¡No hay laboratorio en el mundo que usando las técnicas de análisis más precisas pueda distinguir entre un producto homeopático con dilución 30 CH y su disolvente! Al final, me temo que la eficacia que se le exigirá al producto homeopático será la mera cumplimentación de un cuestionario de satisfacción de los pacientes tratados. Como ya se hace con los cosméticos o los dentífricos (Clínicamente probado: ocho de cada diez personas que usaron Blanquident notaron sus dientes más blancos… Puro rigor científico).

Sé que a esta postura se le puede oponer el siguiente razonamiento: “Si el paciente se siente mejor, por el motivo que sea, entonces vale la pena usar la homeopatía”. No es mal argumento. Pero entonces… ¿Deberíamos incluir en la sanidad pública a un iluminado con supuestos “poderes” que trata a los enfermos imponiéndoles las manos? ¿O sólo podremos hacerlo si es médico colegiado? Si los enfermos se sienten mejor, aunque sea por autosugestión, ¿qué diferencia hay con la homeopatía? Este es el problema, o practicamos una medicina basada en la evidencia, en el rigor, en el conocimiento, o volvemos a una sanación medieval que pueda acoger a curanderos, charlatanes, productos milagro, pócimas mágicas y cualquier cosa que aparentemente “funcione”. Aunque no cure ni un simple resfriado. No olvidemos que están pendientes de regulación ministerial todas las “terapias alternativas”. Para echar a correr…

Al hilo de estos temas se me ocurren otras reflexiones colaterales:

1) No perdamos la batalla de la comunicación. La imagen de unas “terapias alternativas” modernas, progresistas y humanistas frente a una “medicina tradicional” anquilosada, tecnificada y agresiva, es simplemente ridícula. Es un hecho que la medicina no ha parado de avanzar en las últimas décadas. Conocemos mucho más y tratamos los problemas de la salud humana mucho mejor que nunca en la historia de la Humanidad. Es imposible no considerar esto en favor de unas prácticas primitivas, basadas en principios oscurantistas que ya se rechazaban en la época de la Ilustración, por más que se presenten como “naturales”, “humanistas” y “alternativos”, etiquetas que venden bien el producto.

2) La tentación de la “eficacia antes que el conocimiento” es muy fuerte también para la Medicina. ¿O es que no ha habido casos de exceso de entusiasmo inyectando células madre sin pararse a conocer realmente qué es lo que está sucediendo?

3) También es fuerte la tentación de la homeopatía para los profesionales médicos y no son pocos los que están explotando este filón. Pero ser profesional médico no implica la infalibilidad, como no la implica ser catedrático, juez o Papa. No convirtamos al experto en el nuevo sacerdote del mundo contemporáneo, dueño de la verdad.

4) Ya he dicho que parte del éxito de la homeopatía está en el vínculo del homeópata con su paciente. Un médico que sólo tiene cuatro o cinco minutos para dedicar a su paciente no establece la misma relación que un homeópata que dedica una hora a charlar sobre los problemas del suyo. Y es esa relación, no las gotas homeopáticas que se prescriben, la que más contribuye al bienestar del paciente. Motivo de reflexión para nuestra medicina moderna.

5) El Gobierno y la Agencia Española del Medicamento no ocultan un hecho. La regulación de la homeopatía en España es una imposición de la Unión Europea. Y detrás de esto hay unos poderosísimos intereses económicos. La homeopatía factura cada año en Europa alrededor de 1700 millones de euros. Un poco menos que todo el presupuesto del ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad para el 2014. Ojo a esta cifra. Solo en España se comercializan 19.000 productos homeopáticos. No hay otra explicación de los privilegios con los que van a contar los “medicamentos homeopáticos”.

Para más información:

– El artículo de la Wikipedia sobre homeopatía está muy bien documentado acerca de la controversia científica.logo-cuadrado

– Excelente blog:  ‘No sin evidencia’ a cuyo manifiesto nos adherimos.

La Organización Médica Colegial se pronuncia sobre la Orden Ministerial.

Nota: Aclaro el concepto de que en un producto homeopático no hay ninguna sustancia activa. La fabricación de ese producto se basa en la dilución sucesiva de una sustancia original. Distintas escuelas o practicantes de la homeopatía defienden distintos grados de dilución. En ocasiones los productos homeopáticos son extractos de plantas diluidos a 3 CH. Esto quiere decir que el extracto original ha sido diluido un millón de veces (1/100 x 1/100 x 1/100). Otros consideran esta formulación tremendamente “concentrada”, y realizan diluciones por ejemplo de 6 CH. Es decir, una parte del extracto original  en un billón de partes de disolvente. Es obvio que cada vez encontraremos menos moléculas de la sustancia original en nuestra disolución. Los homeópatas más estrictos fabrican productos con diluciones, por ejemplo, 30 CH, y hasta 100 CH. 30 CH son 30 diluciones consecutivas al 1%. ¿Cuántas moléculas de la sustancia original encontraré en un litro de agua después de tantas diluciones? Ninguna. En un litro de agua hay aproximadamente 340 x 1024 moléculas de agua. 30 CH significa que hemos diluido la sustancia original de forma que hay una molécula para cada 1060 moléculas de disolvente. Echen cuentas…

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Acerca de desdemitonel

Biólogo, profesor en la Universidad de Málaga
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Una respuesta a Homeopatía. Vendiendo ilusiones.

  1. Es triste comprobar que las “razones científicas”, objetivas e intersubjetivas, tengan que ceder a los “motivos personales” , subjetivos, de ignorantes o interesados o ambas cosas a la vez.

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